EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA (Rafael Fauquié)

En el año de 1948, Enrique Bernardo Núñez, uno de nuestros escritores más dolorosamente evocadores de una tradición que desaparecía, escribe en un periódico de Caracas un artículo que me atrajo siempre por su poesía, por su nostalgia, honda y triste. Dice así: "Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (…) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro". Entre esos nuevos emigrantes, en sus directos descendientes, distinguió Enrique Bernardo Núñez a los futuros cronistas del país, a los venezolanos de mañana nostálgicos de un ayer. Cada generación establece, a su manera, una especial relación con su lugar y su tiempo. El interés hacia el pasado es, frecuentemente, el resultado de una decisión. Cada quien escoge su propia relación con la tradición: hay voluntades más o menos indiferentes, actitudes más o menos acuciosas. Curiosidad o desinterés no son sino opciones. Yo escogí la curiosidad. Me gusta escuchar la locuacidad del tiempo. Opongo esa locuacidad al olvido y al silencio. Sin memoria no hay arraigo, sin arraigo no hay pertenencia. La voluntad de arraigar es una opción, tan personal, tan consciente, como cualquier otra.

 

Este prefacio tiene que ver con mi libro, claro, pero también con mi propia realidad personal; con mi historia. Soy, al igual que el "descendiente" del que habla Enrique Bernardo Núñez, hijo de extranjeros. Mis padres, españoles, llegaron a Venezuela en aquellos febriles años de comienzos de los cincuenta: el mayor momento migratorio que el país haya conocido. El espacio de una nueva nación que se forjaba a la sombra de un hiperdinamismo petrolero los acogió. Echaron raíces definitivas en una realidad y una geografía que les eran nuevas. Yo nací en la Caracas de finales del año 1954. En ella viví hasta mis seis años. Por razones diversas, toda la familia ‑escasamente tres personas: los tres que fuimos siempre‑ regresamos a España en 1960. Allí vivimos un corto tiempo. Curiosamente, mi padre no logró readaptarse a su país y un día decidió el regreso a Venezuela. Ya para entonces Venezuela y Caracas eran un muy lejano recuerdo: apenas vaga mención casi irreal. A mi regreso a la ciudad en que había nacido, me descubrí como extranjero en mi patria. Había perdido contacto con mi país. Durante varios años ese contacto fue forjándose de nuevo: lenta y trabajosamente.

 

Desde el colegio, durante años y más años de clases de historia patria y de Moral y Cívica, distintos profesores me enseñaron a tomar conciencia de la realidad nacional. Esos profesores nos mostraban a mí y a mis compañeros una historia hecha ejemplo pedagógico. Se enseñaba historia para educarnos políticamente. El pasado era ante todo una excusa para formar buenos y democráticos venezolanos. Libros y clases de historia enseñaban un país que no era país: era ejemplo de comportamiento cívico. No se me enseñó a comprender a mi patria: se me enseñó a venerar un decorado parcial en donde pequeños retazos del pasado eran dibujados con colores siempre moralizantes, con signos sólo ejemplares.

 

Y sin embargo aquello que jamás alcanzó a mostrarme ningún libro de Historia Patria durante todos aquellos años del colegio, sí existía. Estaba presente en distintos libros y artículos de Briceño Iragorry, de Picón Salas, de Arturo Uslar Pietri. La lucidez de estos autores contradecía los tediosos lugares comunes de los textos escolares, su estéril repetición de clichés, su machacona reiteración de parcelas de memoria. Era como si infranqueables abismos se hubiesen abierto entre nuestros intelectuales y nuestra burocracia educativa. No parecía haber diálogo alguno entre aquéllos y ésta. Curiosísima paradoja: se escuchaba respetuosamente a los pensadores ‑se los consagraba, incluso‑ pero sus ideas y puntos de vista no parecían llegar a ningún lado ni a nadie: chocaban con una inercia burocrática que, permanentemente, se encargaba de declarar la inviabilidad de todo, de sopesar, melindrosa, el significado político o la "utilidad ciudadana" de casi cualquier cosa.

 

La universidad ‑desde la carrera de Letras que escogí‑ me mostró otro particular aspecto del fenómeno: lo venezolano era un poco el pariente pobre de las distintas materias de los programas de estudio. La literatura venezolana, por ejemplo, se enseñaba poco y se enseñaba mal. Tampoco había en ese entonces ningún tipo de referencias sistemáticas al pasado, a la historia venezolana.

 

Terminados mis estudios universitarios obtuve una beca Gran Mariscal de Ayacucho y fui a estudiar durante dos años a París: Sociología de la literatura. Mi estadía en Francia fue un descubrimiento: allí viví, sentí de cerca, la realidad del auténtico extranjero. En Francia era ‑a pesar de mi apellido de lejanas evocaciones francesas‑ un extranjero; esto es: alguien diferente que tiene otra cultura, que habla otro idioma. Las lenguas son siempre herederas de las diferencias entre los pueblos. Ramos Sucre dijo una vez que un idioma era infinitamente más que solo una suma de convenciones arbitrarias, que él era el universo todo a él traducido. Jorge Luis Borges, por su parte, expresó algo similar: "Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos". Físicamente las palabras se revisten de formas sonoras que identifican a las lenguas. Mayor o menor guturalidad, abundancia o escasez de vocales o consonantes: esa sonoridad, esa forma, expresa una cultura, descubre una geografía y una historia. En lengua esquimal hay trece términos para decir nieve. Los polinesios usan otros tantos para hablar del mar. Más cerca de nosotros, los castellanos fueron haciendo un idioma barroco, con gusto por el retruécano, acostumbrado a grandes maneras y abundantes fórmulas ‑fórmulas que hablaban de vasallaje ante un rey o de oraciones ante Dios. La libertad del idioma español, su barroquismo natural, hubo de enfrentarse luego ‑quizá de acuerdo a su lógica tendencia al respeto por las formas‑ a numerosas normativas de gramáticos y academias. Los franceses hablan el idioma de la lógica y la concisión. Dice un ilustrador adagio que "aquello que no es claro no es francés". En la lengua de Cartesius cada oración contiene una idea; poco gusto por las oraciones subordinadas: la mayor cantidad de sentido en la menor cantidad de espacio. Los ingleses, quizá el pueblo más pragmático de todos los que el mundo haya conocido, construyeron la lengua de los negocios: sin complicaciones innecesarias. El inglés es el idioma de lo utilitario; su funcionalidad es la eficacia. Era necesario convencer rápido y sin error al proveedor de materias primas baratas para las industrias del imperio.

 

Hablar otra lengua es saberse y sentirse diferente. Ser diferente, conduce a la necesidad de arraigar en aquello que es nuestro, definirnos en lo que nos identifica. En mi caso, descubrí casi dolorosamente que me era difícil alcanzar esa identificación: prácticamente no conocía a mi país. Venezuela empezó entonces a convertirse en una obsesión para mí. En mi contacto con estudiantes latinoamericanos, descubrí que frente a otros países del Continente, los venezolanos parecíamos tener rasgos menos precisos. También descubrí que la percepción que se tenía sobre nosotros era parcialmente homogénea: éramos frecuentemente los "hermanos latinoamericanos nuevos ricos": algo ostentosos en nuestra bulliciosa abundancia petrolera.

 

Terminados mis estudios, de regreso ya en Venezuela, la obsesión definitivamente me acompañaba. Entré como profesor en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Allí, en mis distintos cursos, a lo largo de mis proyectos de investigación, Venezuela se repetía siempre como tema. Redescubrí que lo venezolano era, paradójicamente, una escasa opción para profesores y estudiantes. Nunca he pensado que haya que magnificar lo autóctono sólo por serlo. Pasar de la indiferencia al patrioterismo es tan estúpido como permanecer en la indiferencia sola. Tampoco confundo ni he confundido nunca patriotismo con nacionalismo irracional o provincianismo a ultranza. Simplemente me incomodaba el desconocimiento del venezolano promedio sobre su país ‑desconocimiento que, por mucho tiempo, había sido también mío‑; ignorancia, la más de las veces, descomunal, abrumadora, total; y, lo que es peor: desenfadada, casi orgullosa.

 

El propósito de ayudar a disminuir un poco ‑así fuese en una mínima porción‑ esa desmemoria condujo también mis personales interpretaciones y desmitificaciones. Para explicar y definir ante mis estudiantes lo que Venezuela era, tenía que comenzar antes por explicármela a mí mismo. ¿Qué éramos los venezolanos?. Definitivamente no éramos una nación poblada sólo por directos descendientes de los "heroicos" indios que enfrentaron a los "desalmados" conquistadores ‑según promocionaban curiosísimos y delirantes distorsiones de muchos libros de Historia Patria. Tampoco encontraba lógico que nuestro pasado de cinco siglos se redujese a dos o tres frases del Libertador mal aprendidas y peor recitadas por la mayoría de los estudiantes. Es curioso: nuestra escuela pretende conculcar la sacralización de Bolívar y de otras escasas figuras patrias y, sin embargo, tampoco esas deidades son conocidas; todo lo contrario: ninguna de ellas ‑y Bolívar no más que cualquier otra‑ pasa de ser una referencia abrumadora e inexpresiva: irreal y pétrea.

 

Concluí que ruidos y silencios habían sido los causantes de mi desconcierto y del generalizado desconcierto venezolano: colectivo y permanente. Ruidos y silencios parecían cubrir todo el tiempo venezolano: su pasado y su presente, su vieja pobreza agraria y su nueva riqueza petrolera, sus memorias sacralizadas o sus recuerdos satanizados. Ruidos y silencios compendiaban, en fin, el paso de Venezuela por el tiempo, su itinerario de nación.

 

Fue ruidoso el presente venezolano. Hasta el Viernes Negro de febrero de 1983, el festín petrolero financió grandes proyectos estatales, acompañó formas de vida atosigantes e, incluso, absurdas. Hoy el bullicio parece haber amainado; un tanto al menos. Sin embargo, el ruido no se ha disipado aún: perdura en formas que se consolidaron durante cincuenta años. Son ruidosas, también, nuestras formas de venerar breves recuerdos, esas tan escasas pasiones nuestras (actitud ante la que siempre me resultó difícil no ser crítico). Bolívar era un gran personajes histórico, de acuerdo; la gesta de independencia había sido un gran momento del pasado, de acuerdo; pero había otros espacios; no eran ésos los únicos dignos de memoria. Y sobre todo: ellos no eran los únicos espacios transitados.

 

Después de esos ruidos, aparte de esas escasas convulsiones y estruendos, en Venezuela había silencio: exasperante y agobiador. Hay formas del pasado que se repiten siempre en el presente: eso no se percibe en Venezuela. Aquí ruidos y silencios terminaron por truncar el diálogo natural de los tiempos. A menudo he sentido que sólo en la literatura se ha logrado establecer eficazmente ese diálogo. Sólo en ella he distinguido esa voz. En novelas, en ensayos, en biografías, pude descifrar cierta coherencia en el itinerario de mi país. La historia ficcionada, los ensayos de interpretación crítica, las biografías originales, fueron instrumentos que lograron transmitirme, coherentemente, la evocación del pasado, el dibujo de un tiempo donde personajes y hechos se hacían inteligibles. Ojalá más literatos ‑imagineros, fantaseadores de vocación‑ se hubiesen encargado de edificar la memoria del país. Mil veces preferible hubiese sido eso a dejar semejante responsabilidad en manos de burócratas de la memoria histórica, en "funcionarios del recuerdo".

 

Poco a poco nació en mí el propósito de escribir un libro como éste: no muy académico, tampoco demasiado sujeto a normas de investigación científica: libro sobre el que volcar mis percepciones. Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: la escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos, nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.

 

 

Caracas, septiembre de 1988

 

 

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ESPACIO DISPERSO (Rafael Fauquié)

Este nuevo texto modifica sustancialmente el que escribí en 1982. Era, entonces, el tiempo del comienzo de mi vida académica, y el país y su literatura se convertían en apasionado descubrimiento: autores venezolanos eran tema de estudio en mis clases, de conversaciones y explicaciones a los estudiantes; y eran, también, motivo de reseñas en algunos de los periódicos o revistas en los que, para ese entonces, comencé a escribir. De todo aquello surgió Espacio disperso: un conjunto de anotaciones sueltas sobre algunas obras y algunos escritores venezolanos; esencialmente, un punto de partida. Y así lo contemplo –y rescato- hoy: como el recuerdo de algo que empecé a descubrir: que escribir es una rutina que vamos convirtiendo en parte de nosotros mismos, una manera de poner en orden nuestras ideas, un entendernos en la elaboración de cualquier argumento. De nuevo: Espacio disperso fue un inicio, un punto de partida de una actividad que, desde entonces, no ha cesado de acompañarme.

 
 
                                R.F.

 

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ARROGANTE ÚLTIMO ESPLENDOR (Rafael Fauquié)

En vísperas de un nuevo milenio, las interrogantes culturales se multiplican; sobre todo, en un planeta “achicado”,  “empequeñecido”, que, como dice su autor, “nos convierte a todos en testigos”.  Y continúa:  “todos sabemos porque todos vemos, todos somos cómplices porque todos sabemos. En nuestro pequeño mundo cada vez es más difícil callar porque cada día la miseria, el dolor, el absurdo, la precariedad, la injusticia están más grotesca y dolorosamente a la vista de todos; cada vez es más fácil descubrir y entender que, a fin de cuentas, todos los hombres nos necesitamos, que todos somos vulnerables, que todos hablamos con la misma voz humana”.
 
Este nuevo libro de Rafael Fauquié constituye una peculiar forma de diálogo: entre una América Latina, colocada en los espacios marginales de Occidente, y un Occidente por mucho tiempo protagonista del tiempo de la humanidad; diálogo, también, entre el presente el pasado y el porvenir, pero, sobre todo, entre el ahora y el después, un después que la humanidad contempla con desconfianza, con temor. Arrogante último esplendor plantea asímismo, una doble forma de fe. Oigamos, de nuevo, al autor: “Personalmente, quiero creer, entre otras cosas, en la significación y la trascendencia de un espacio cultural latinoamericano y en la posibilidad de un futuro para la humanidad. Por eso he escrito este libro como un testimonio personal de ambas formas de fe; y lo he escrito como dibujo de una doble metáfora: de comunicación y de supervivencia.”  Fe, pues, en que todas las tradiciones y todas las memorias puedan encontrarse y entenderse dentro de los linderos de ese mundo que se encamina a los albores de un nuevo milenio. Fe, también, en que el tiempo porvenir efectivamente exista; que nuestro presente pueda llegar hasta él, alcanzarlo como una prueba irrefutable de que sí es posible la supervivencia. Después de los tiempos de la voz sagrada y de la voz profana de la historia de la humanidad, ésta pareciera haber entrado en una nueva época: la de la voz superviviente, la que nos dice a los hombres que el futuro tendrá el rostro de ese presente que estamos haciendo, de ese tiempo que merecemos.

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PUENTES Y VOCES (Rafael Fauquié)

Suelo escribir mis libros a la sombra de asistencia, viejas deudas o de nuevos entusiasmos. Éste, particularmente, lo considero como la consecuencia de un reconocimiento mío muy antiguo hacia las palabras. Desde siempre recuerdo haber sentido por ellas una inclinación muy particular. Y creo que todos quienes amamos escribir, nos descubrimos frecuentemente meditando en torno a su fuerza deslumbrante, a su magia y a su poder. Quizá en nuestra época, regida por un culto obsesivo hacia lo práctico, la devoción hacia las palabras, el deseo y el placer de trabajarlas interminablemente hasta descubrir la forma de decir con ellas algo más o menos exacto, luzca como poco cercano a las razones que nuestros días consideran razonables.

 

Desde muy niño gusté de las palabras: me atraía emplearlas, a veces con estudiado efectismo, tratando de apoyar en ellas los más variados argumentos. Entendía que su dominio revelaba una habilidad y, mucho más aún, una potestad. Gracias a ellas, muchas veces los motivos, cualesquiera que fuesen, parecían magnificarse, y las razones hacerse irrefutables. Con palabras podían dignificarse las cosas, las imágenes, los recuerdos. Con palabras, a veces, la vida parecía convertirse en juego o en escenario posible. Sentía a veces a las palabras como intermediarias entre el mundo y mi yo: puentes mágicos que podía atravesar, tanto para adentrarme en lo exterior como en mí mismo. O sea: las palabras, a la vez que me comunicaban también podían aislarme. Con palabras dibujaba superficies personales que convertía en rincones inaccesibles.

 

Las palabras hay que merecerlas. Es necesario definir nuestra relación con ellas. Precisar esa relación es algo que puede llevar años, a veces incluso, toda la vida. Pocas cosas nos ayudan más a comprendernos que la identificación de esas palabras que distinguimos en nosotros, palabras con que escogemos nombrar el signo de nuestras percepciones. Somos las palabras que reflejamos. Ellas dicen y nos dicen. Nos traducen y, por ellas, traducimos. A través de las palabras todo el universo se convierte en expresión viva dentro de nosotros.

 

     En una parte de este libro me refiero a los seres de palabras, y, al hablar de ellos, hago alusión a muchas cosas: a lo que creo que son, a lo que me gustaría que fuesen, a lo que pienso que no deberían ser… Creo que el amor a las palabras se identifica con una forma de inteligencia “literaria” que propende a relacionar la abrumadora vastedad que nos rodea con esa cercanía tangible que es nuestra propia experiencia. Reencuentro constante del mundo en el yo. Dibujo del mundo a partir del yo. El individuo poseedor de una inteligencia literaria y que desea escribir, descubre que quiere hacerlo, mucho más que para expresar el mundo, para reconocerse y ubicarse dentro de él.

 

     Con la escritura aspiramos a nombrar muchas cosas. Sin embargo las palabras nunca son definitivas. No hay finales en ellas; sólo vislumbres y deslumbramientos. Y, al final, a veces, queda un libro como testimonio. Las argumentaciones de los libros dan pie a nuevas argumentaciones. Y es que, a fin de cuentas, de eso trata la escritura: de continuar diálogos, de alimentar una curiosidad que es insaciable; de buscar respuestas, algún tipo de respuesta… Mucho más que una totalidad acabada, veo en los libros que escribo superficies de dispersiones que, de muchas formas, prosiguen en otros libros. Este es, de muchas maneras, deudor del nombrar que define este tiempo nuestro de una modernidad agotada (y no podría ser de otro modo: la palabra es, siempre, hija de la circunstancia de quien la pronuncia). El no es ni un estudio histórico ni, mucho menos, filológico. Se pretende un caprichoso y muy disperso recorrido por sobre sugerencias relacionadas, de muy distintas maneras, con las palabras: el tiempo que las escucha, los hombres que las pronuncian o la escritura que las eterniza.

 

Muy diversos autores estuvieron presentes a lo largo del itinerario de estas páginas, pero voy a recordar aquí a uno en particular, a Walter Benjamin; quien con una serie de ideas: la de la imagen del universo como sintaxis, la de la traducción entre los lenguajes como una forma de entender éticamente el alcance de éstos, la de la intuición de las cosas más importantes a través de percepciones dibujadas en imágenes poéticas; y con una escritura fragmentaria y precisa de siempre clarificadoras visiones, estableció lo que tal vez sean algunas de las pautas centrales de un discurso intelectual y poético, capaz de interpretar, quizá como ningún otro, ciertas esenciales peculiaridades de nuestra época.

 

Dice Cioran en su libro Silogismos de la amargura. “La búsqueda del signo en detrimento de la cosa significada; el lenguaje considerado como un fin en sí mismo, como rival de la ‘realidad’ … características de una civilización en la que la sintaxis prevalece sobre lo absoluto y el gramático sobre el sabio”. Una de las “modas lingüísticas” de nuestro tiempo propende a desvincular las palabras de las circunstancias que las producen. Es un absurdo: las palabras son voces e imágenes de las épocas; siempre referencia, jamás fines en sí mismas. Entender que el mundo es la palabra que lo nombra no significa privilegiar la palabra por sobre el mundo ni tampoco distanciarnos del mundo. Aceptar que la vida está llena de palabras no significa negar la vida para quedarnos sólo con las palabras. Vida y palabra, tiempo y voz humana forman una sola realidad; y si el tiempo del hombre resulta incomprensible sin las palabras, también son incomprensibles las palabras desvinculadas de los seres que las pronunciaron y escucharon. Y aclaro que, al hablar de palabras pienso en muchas cosas: en lenguajes y expresiones, en tradiciones e imaginarios, en representaciones y voces; metaforización de todo signo trazado por el hombre para entender y para entenderse, para describir cuanto percibe.

 

     “Todo lo que no es autobiográfico es académico”, dijo alguna vez José Vasconcelos. No es mi caso. En mis libros, autobiografía y academia se acercan muy estrechamente. Creo que la palabra que escribimos, ésa que genuinamente nos señala, es y debería ser siempre una y la misma. Ciertas tradicionales deformaciones de la actividad universitaria excluyen cuanto no sea discurso de pretensiones cientificistas, e imponen como único modelo válido una aburridísima jerga destinada sólo a algunos iniciados. Personalmente, creo que la palabra debe propender, necesariamente, a la comunicación, a diálogos lo más amplios posibles; y creo que descartar como “poco aceptables académicamente” lenguajes que no encajen en moldes científicos, no es sino un error que, en última instancia, termina por deslegitimar demasiadas palabras. En principio, todas las voces tienen derecho a ser escuchadas, y, desde luego,  tiene derecho a serlo una voz poética que, desde siempre, ha acompañado la complejidad del tiempo que hacemos los hombres.

 

       Caracas, Universidad Simón Bolívar, febrero de 1999

 
 
                                     R.F.

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EL AZAR DE LAS LECTURAS (Rafael Fauquié)

Leer es acercarnos a lo escrito por otros. Es percibir el mundo a través de los ojos y la palabra de otros. Los instantes vividos por cada escritor, se vuelcan sobre páginas abarrotadas con signos sujetos a la comprensión de la lectura. Los libros hablan y, al leerlos, también los escuchamos. Para que nuestras lecturas signifiquen y se integren a nuestra experiencia, tienen que comenzar por hacerse diálogo. Leer es dialogar: comunicación entre las razones del libro y las nuestras; encuentro de palabras y perspectivas: las del lector y las del escritor. Dialogar es, también, responder. Al leer respondo a eso que otro me dice. Mi diálogo con el libro es, sobre todo, mi respuesta a él. Hablar con los libros es hacer de ellos algo real; descubrir influencias que incorporamos al espacio de nuestras propias experiencias. Existen libros que añaden en nosotros imágenes, rostros, escenas y acciones que quizá nunca llegarán a abandonarnos del todo. Libros que nos guían, que nos señalan opciones a las que acogernos, inconscientemente, sin darnos cuenta, acaso, de que ellos están escribiendo una suerte de subrepticio guión para muchos de nuestros pasos. A través de los libros, podemos identificarnos con gestos y respuestas que nos sentimos capaces de asumir, modelos en los que podemos reconocernos.

 

Con algunos libros nos identificamos. Y conversamos con esas palabras que llegan hasta nosotros y convertimos en parte de nuestro repertorio de palabras. Como cualquier experiencia de comprensión, la lectura amplía o modifica nuestros horizontes, contribuyendo a conformar un personal mapa del universo, cartografía o diseño ético en el que orientar muchos de nuestros recorridos.

 

El aprendizaje de la lectura llega lentamente, en un largo proceso relacionado con nuestras vivencias y con el desarrollo de un gusto. A medida que el tiempo avanza sobre nosotros, vamos haciéndonos más selectivos con autores y textos. Apenas algunos autores y apenas algunos libros llegan a conformar ese pequeño círculo de lecturas que el tiempo estrechará en torno nuestro. Y nos volvemos más reacios a permitir que otros textos entren a formar parte de ese grupo de títulos imprescindibles. En su libro De lecturas y algo del mundoCONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftnref1\»>*, dice Alvaro Mutis “El encuentro con ciertos autores significa siempre una esquina decisiva, un crucero fatal que ha de cambiar la vida y marcarnos para siempre. La importancia que dichos nombres puedan tener para nosotros depende de los secretos hilos que mueven nuestro destino, nuestros terrores y nuestros sueños y que, en un momento determinado, son los mismos que mueven al autor que nos deslumbra”.

 

     Lo que leemos y lo que esperamos leer, lo que nos interesa y lo que no, lo que aprendemos y lo que decidimos ignorar se relacionan. Leer es un leer a nuestro modo, un leer entre líneas, un distinguir más allá o más acá de eso que el libro dice. En toda lectura existen espacios de libertad, superficies en blanco que nuestra imaginación, inteligencia o sensibilidad, se encargarán de completar.

 

     De muchas maneras, los libros nos escogen: se encuentran con nosotros en una especie de aventura señalada por el azar. Leemos, apenas, una ínfima parte de cuanto ha sido escrito. Una ridículamente minúscula fracción de cuanto otros escriben y escribieron llega hasta nosotros. El azar de la lectura es, de muchas maneras, el azar de los fortuitos encuentros.

 

Los libros de un autor, más que parecerse entre sí, se aproximan en sus diferencias para terminar por expresar entonaciones y ritmos semejantes. Quizá la mejor manera de entender eso que otro dice sea leyéndolo. Extraordinaria y genuina comunicación, la lectura es diálogo entre dos seres; una peculiar forma de conocer y compartir. La lectura, a diferencia de la conversación, del intercambio verbal, no se contamina con despropósitos, contradicciones o apabullamientos. Leer es un conversar tal vez más perdurable que cualquier plática. Ese ser que leemos puede hacérsenos, a través de la lectura de sus palabras, extraordinariamente cercano y confidente.

 

Leer entraña siempre la presencia del silencio. En medio de éste, escuchamos y contemplamos razones ajenas. En silencio se nos muestran esas verdades que nuestros ojos escuchan. En silencio aprendemos a escuchar las palabras que miramos y que nos miran.

 

Los autores con los que llegamos a identificarnos, suelen ser descubrimientos que comenzaron por producir en nosotros una reacción de desconcierto. Leemos, releemos y volvemos a releer esas páginas que coinciden con nosotros. Coincidir con un autor es mucho más que preferir un estilo de escritura, significa descubrir en ese autor actitudes y propósitos con los que podemos llegar a asociar la literatura misma.

 

Este es un libro abierto, un libro que podría hacerse interminable. Texto de lecturas cuya conclusión estuvo dictada, sobre todo, por la paciencia. Casi cabalísticamente, decidí redondear en veinte el número de esas lecturas. Algunos de los escritores leídos me han acompañado a lo largo de muchos años. Otros, por el contrario, son descubrimientos muy recientes y mi conocimiento de su obra se limita, apenas, al texto reseñado. Pero, de alguna manera, todos evocan para mí imágenes similares ante el hecho literario. Se relacionan entre sí a través de ciertas opciones: de vida, de escritura. Opciones en correspondencia con mis propias opciones; acercamiento a propósitos existenciales y literarios que, personalmente, comparto. Todas las lecturas fueron, así, guiándose por una especie de proyecto personal: servirme de ellas, de sus expresiones, de sus temas; hacer de éstos una referencia útil, suerte de ejemplaridad necesaria y sustentadora.

 

     Todos los escritores leídos son ensayistas, pensadores; o si no, si, como en el caso de Rilke, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, son poetas o novelistas, entonces fueron leídos en función, principalmente, a su palabra argumentativa, memorizadora. Palabra que opina sobre la vida y la escritura, que razona a partir de ellas; vida reflejada en la escritura y escritura reflejada por la vida.

 

Destaco en mis comentarios cierta noción que doy en llamar “escritura del camino”; esto es: palabra en muy directo contacto con la existencia que la alimenta, compañera cercana a experiencias y recuerdos; expresión que, casi confidencialmente, memoriza y argumenta. En su libro Claros del bosque, dice María Zambrano: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira … no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido”. La escritura del camino podría entenderse como una recreación de esos “claros” que vamos descubriendo a medida que avanzamos por nuestros recorridos; también una manera de identificarlos o justificarlos.

 

El desvanecimiento de un ser que vive contrasta con la articulación de ese mismo ser que escribe. La  experiencia del hombre, vaga, contradictoria, puede reflejarse en la plena coherencia de la página escrita. La vida casi nunca es predecible, la escritura sí lo es. La vida no es siempre coherente, la escritura suele serlo, o debería serlo. La vida no da segundas oportunidades. ¿La escritura lo hace? La vida tiene, a veces, el propósito que nosotros le damos; algo que siempre sucede con la escritura, que depende por entero de nuestras decisiones. La escritura no escapa a nuestras manos. La vida suele hacerlo. Tratamos, tal vez, de vivir de la misma manera en que escribimos: trazando conscientemente ciertos signos en los que creemos encarnar o en los que nos gustaría ser reconocidos.


CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»\_ftn1\»>* Bogotá, Planeta colombiana, 1999

 

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